Este jueves, en la Noche 89 de Las Noches del Cangrejo, Agustín Calvo Galán, Nuria Ruiz de Viñaspre y yo misma recitaremos en EL PERRO ANDALUZ (C/ Bustos Tavera, 11) a partir de las 22h.
¡Os esperamos!
Siempre he reconocido mi ignorancia en el campo de la música, particularmente en sus áreas más especializadas, pero mi interés por lo contemporáneo y por lo que se sale de la norma me ha llevado a informarme y ha querer saber más y más sobre la soprano Fátima Miranda (no dejéis de hacer clic en el enlace para ir a su página web, que maravillosa). Descubrí su nombre en una noticia que llamó mi atención, no tanto por el titular que hablaba de un premio para mí desconocido ("Fátima Miranda recibe el premio Demetrio Stratos"), cuanto porque en el cuerpo de la información se decía que era "una de las voces más reconocidas en el canto difónico" y que entre los artistas con los que ha colaborado se encontraba Wolf Vostell, ya desaparecido miembro de Fluxus, que es uno de los movimientos artísticos que más me interesan tanto en la teoría como en la práctica.
El pasado 18 de noviembre murió la artista Jeanne-Claude, pareja creativa y esposa del célebre Christo que, pese a los esfuerzos de este último por evitarlo, estuvo siempre ensombrecida por el machismo y la ignorancia que han lastrado desde el principio la historia oficial del arte en cuyo escenario Jeanne-Claude no apareció hasta 1994 pues sus trabajos anteriores, aun habiendo sido realizados por ambos, estaban firmados únicamente por Christo a voluntad de los marchantes "para no confundir al público y a los historiadores".
No lo tenía fácil la artista turco alemana Nezaket Ekici (Kirsehir, 1970); actuar justo después de una grande (e histórica) de la performance como Esther Ferrer que había dejado perplejo al auditorio era enfrentarse a un listón muy alto, pero lo consiguió usando para ello un despliegue de recursos completamente opuestos a los de la primera. Esto es precisamente
lo que me fascina de la performance como arte en toda su extensión: su capacidad de adaptarse a las más diversas ideas con lenguajes bien diferentes y desde presupuestos distintos, logrando un potente efecto, siempre que la cosa esté bien hecha, claro.
dos podía ser apreciada adecuadamente desde la superficie. En ambas era necesario profundizar, zambullirse de pleno, dejarse empapar por el reto lanzado por la artista, más explícito en el caso de Ekici. Por lo demás, frente a la voz y la acción de la veterana, la joven oponía un estoico estatismo; contra las palabras ininteligibles pero llenas de sentido
de la española, la turca ofrecía un tenso silencio palpitante; ante la sobriedad de recursos de la primera, la segunda hacía alarde de su tiempo valiéndose del vídeo y el sonido de alta definición; y, lo que es más importante, cada una por su lado hizo una perfecta demostración de las posibilidades del uso del tiempo en la performance, empleando respectivamente la comprensión y la dilatación en un pulso al público que se resuelve en distintos territorios.
Dos focos se cruzan en diagonal formando un aspa con el ángulo de mirada de dos cámaras de vídeo enfrentadas. En el centro de esta confluencia, sobre una mínima tarima de cartón ligeramente elevada se encuentra una mujer vestida de blanco, va descalza y está sentada en una silla blanca frente a la cual hay otra silla idéntica vacía. La mujer permanece
pétrea, hierática durante la tediosa introducción del presentador. Mientras tanto, lejos del escenario principal, casi a la entrada de la sala en la que va está teniendo lugar el comienzo de la acción, una gran pantalla reproduce por sus dos caras la mirada de la artista: sólo sus ojos, sus pupilas girando en los iris de miel, pero el público tarda en darse cuenta, concentrado como está en la estática
figura, esperando la acción. Pero en esta performance no hay acción, sólo miradas. Una mirada intensa, un duelo que sólo acabará cuando no haya oponentes. El presentador lanza el desafío: ¿alguien quiere sentarse en la silla vacía? Una mujer es la primera en recoger el guante. Tras ella serán muchas las féminas y muy pocos varones dispuestos a enfrentar sus retinas con las de la artista. No hay más, tan sólo eso: miradas que se enfrentan.
La genialidad puede adoptar formas muy diferentes. Una de ellas sin duda es la economía de recursos, es decir, conseguir un gran efecto con muy pocos elementos. Esta, indiscutiblemente, es la especialidad de la veterana y justamente prestigiada artista Esther Ferrer (San Sebastián, 1937), que desde los años 60 saca el máximo partido a las palabras, incluso cuando estas no significan nada, al menos aparentemente y desde un punto de vista meramente objetivo.Fue en definitiva la de Esther Ferrer una "metaperformance" que para los "no iniciados" podría parecer un divertimento intrascendente y absurdo, pero cuya seriedad y profundidad están fuera de toda duda, en tanto que, lejos de ser fruto de la improvisación o la ocurrencia, destilaba un trabajo riguroso entorno a la dialéctica del arte abierta por duchamp, sin alejarse de la experimentación vocal que en tantas ocasiones ha sido la herramienta fundamental de sus performances. Por eso, pasado el desconcierto inicial, quienes apreciamos en todo su sentido este tipo de actuaciones nos dejamos arrastrar por el clima creado por la artista, la cadencia de su voz, la música de sus palabras y disfrutamos a fondo de su humor sutil y agudo al mismo tiempo. Pero Ferrer no dejó que nos acomodáramos en la contemplación y, tras salpicar su discurso con sorpresas, volvió a descolocarnos con su final cortante, haciendo mutis por el foro envuelta en el rudimentario capirote de una sabana blanca que había sido mantel en la mesa de conferenciante y elemento de juego durante toda la acción.
Justo después de Esther Ferrer actuó Nezaket Ekici, con una performance completamente distinta pero muy interesante de la que os hablaré mañana.
Aún me tiemblan las manos cuando pienso en ello, aún se me emocionan los ojos y siento un nudo en la garganta y un lazo en los nudillos que paraliza mis dedos, inválidos a la hora de describir con eficacia lo que sentí ayer en torno a las ocho de la tarde cuando, a la entrada de la galería La Fábrica de Madrid, mis pupilas dilatadas por la oscuridad de la noche y por las gotas que la oculista había vertido en ellas esa mañana, acertaron a posarse sobre la figura real, en carne y hueso, viva y cercana, de la artista a la que más admiro desde que, hace ya algunos años, me asomé por primera vez al apasionante mundo del performance art y, junto al trabajo de otras históricas como VALIE EXPORT o Laurie Anderson, descubrí fascinada lo que ella, Marina Abramovic, había hecho en los años 70 y continuaba haciendo con la herramienta básica de su propio cuerpo sometido a todo tipo de pruebas bajo los lenguajes de la performance, la fotografía y el videoarte.
Recuerdo claramente la primera imagen que vi de una de sus acciones. La performance se titulaba "Rest Energy" y en ella Abramovic y su pareja artística y sentimental, el artista alemán Ulay (abreviatura de Frank Uwe Laysiepen), se mantenían unidos y separados al mismo tiempo por un arco en tensión, cuya flecha apuntaba al corazón de Marina. La foto era de los años 80 y aparecía en un libro de arte que fue algo así como mi "biblia" cuando estudiaba en el instituto. Desde el instante en que mis ávidos ojos de adolescente contemplaron aquella fotografía, el trabajo de esta mujer, que tiene la edad aproximada de mi madre (nació en Belgrado en 1946) y que se autodenomina la "abuela de la performance", me atrapó y no he dejado de interesarme por su arte que es como decir por su existencia, porque uno y otra están indisolublemente ligados. Libros, vídeos, exposiciones... la han convertido en un referente tan importante para mí que su nombre me produce al mismo tiempo sensaciones contradictorias: por una parte la cercanía que cualquiera puede sentir hacia esa "amiga de toda la vida" que no nos guarda secretos (aunque en realidad Abramovic tiene aún demasiados para mí), y por otra la distancia mitificadora de lo intangible, que la ha alzado a la categoría de heroína clásica, de ser inalcanzable y de modelo que nadie ha conseguido imitar, pese a que son muchas las artistas que lo han intentado.
Por eso, porque no puedo dejar de contemplar con admiración cada nuevo trabajo que produce, porque Marina Abramovic es arte en sí misma y para una modesta escritora como yo, que de vez en cuando hace sus pinitos conceptuales, estar ante sus fotografías y sus vídeos produce el mismo efecto que causa en cualquier pintor aficionado la contemplación de la Capilla Sixtina, no podía dejar de ver la exposición que La Fábrica inauguró ayer, en la que se muestran nueve fotos de gran tamaño y un vídeo de su última serie de performances titulada "The Kitchen. Homage to Saint Therese" (La cocina. Homenaje a Santa Teresa), que se basa en los éxtasis de Santa Teresa de Ávila y que produjo en el Teatro de La Laboral de Gijón.
Quería ver la exposición y no podía permitir que los compromisos y quehaceres cotidianos me alejaran de mi objetivo poniendo en riesgo la experiencia, como ya me ocurrió con la fabulosa exhibición de fotografías inéditas de Francesca Woodman (también montada en La Fábrica y, curiosamente, justo anterior a la de Abramovic) que vi en sus postrimerías, justo antes de que la quitaran. No podía dejar que eso volviera a ocurrirme, así que decidí asistir a la inauguración y garantizarme con ello la posibilidad de volver en otro momento. Lo que no esperaba (aunque lo deseara, aunque lo soñara, aunque lo imaginara), es que Marina estuviera allí, en su automaltratada carne y sus artísticos huesos, en su balcánica sobriedad, su belleza sin edad y su celebridad internacional.
Si ella es el centro de su arte, resulta maravilloso que ELLA fuera lo primero que vi de la exposición. No habíamos cruzado aún el umbral de la galería cuando distinguí su rostro relajado a escasos centímetros de donde yo me hallaba. Iba vestida de negro y charlaba distendidamente con un hombre, fuera de la sala, quizá tomándose un respiro de la inauguración, de atender a la prensa y los compromisos, de explicar sus fotografías y, en otras palabras, de hacer el papel de "estrella invitada".
La cara de tonta que tengo en esta foto es fruto de la emoción. El copyright the todas las fotos que aparecen en este artículo, salvo estas "domésticas" hechas con mi cámara, es de Marina Abramovic.
La artista Marina Abramovic en La Tarde en 24 Horas
La semana pasada, La Domadora de Cuentos volvió a visitar la Biblioteca Municipal de Chiloeches, esta vez con una misión muy especial: dar la bienvenida y presentar la biblio a los niños y niñas de Educación Infantil del Colegio Público José Inglés de Chilo. Fueron necesarias tres sesiones: una para los peques de 1º de Infantil (3 años), una para los de 2º (4 años) y una más para los de 3º (5 años). Los grupos, acompañados de sus profesoras, visitaron la biblioteca, saludaron a Lola, la bibliotecaria (que no aparece en las fotos porque es quien las hizo) y se encontraron con sus personajes favoritos: el Mono Lolo, La Cebra Camila, El Tragaldabas, El Grúfalo, Tino Cochino, Blancanieves, Winnie The Pooh, Mikey...
Por fin mandé mis datos a Las Afinidades Electivas, el fabuloso blog-red de Agustín Calvo Galán. Como sabéis, el sistema consiste en incorporar nuevos nombres poéticos por el método de la "mención": si alguien te menciona te está abriendo la puerta al blog. Sólo tienes que enviar tus datos y, cuando Agustín puede (es humano y por tanto sus días no cuentan con más de 24h.) los incorpora a esa red de Afinidades. Como veréis, entre los amigos y amigas a los que yo he mencionado hay quienes todavía no están "afinados", así que, ánimo, ¿a qué esperáis para mandar vuestros datos? Por cierto, que no se enfade nadie si no está en mi mención, porque hay un límite de nombres y mi corazón excede esa frontera, por lo que he tenido que dejarme a muchos fuera.