domingo, 9 de marzo de 2008

Interferencias

Voy en el coche y como ocupo el lugar de copiloto me permito el lujo de posar la mirada en el parabrisas sobre el que se dibujan las pequeñas pisadas de un gato. Sé perfectamente a quién pertenecen y en un parpadeo me pongo a imaginarla con sus bigotes blancos y su diminuta nariz negra, como un botón o la huella indudable del delito de haber estado husmeando en un tintero.

Cuando la conocí hace algunos meses no tenía ni nombre ni futuro y ahora forma parte de mi vida de tal modo que en esta familiaridad de sus patitas marcadas sobre el polvo de la ventana sucia me permito viajar hacia delante y hacia atrás en el tiempo y el espacio.

Pienso en la gata, pero su imagen se funde con flashes desvaídos de la dura semana de trabajo que dejo tras de mí, marcada por la decepción de la censura y el cansancio de alguna jornada más larga de lo debido. Pero sin darme cuenta los fotogramas cambian: ya no estoy en la brega entre políticos y periodistas, sino mirando fijamente un tesoro intangible, una ilusión antigua que por fin está a punto de cumplirse, una promesa tan frágil que me da miedo nombrar. Sostengo entre las manos de mi mente la instantánea de eso que es aún arena; realidad quebradiza, casi un sueño.

El coche se detiene y a través de las huellas veo que hemos llegado a Madrid. Visitas. Familia. Mis dedos se mueren por seguir escribiendo con la imaginación, pero no es hora.
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