martes, 24 de abril de 2007

La fiesta


Para que llegue la primavera a veces no hace falta que brille el sol, o que los ojos y la nariz se vuelvan rojos como la misma vergüenza en manos de una alergia despiadada; puede que haga frío o que los tiestos sean perezosos y las semillas tarden en germinar, puede que llueva, puede que no tengamos ganas de lucir nuevas lorzas de carne blanda y blanca bajo las prendas cada vez más finas que requiere el buen tiempo, o que nos de pereza sacar el cortacésped para lucir las piernas tan olvidadas durante el largo invierno. Aún así, la primavera asomará su rostro iluminado si alguien, sobreviviendo al tráfago de lo cotidiano, planta en su techo un jardín de papel que no necesite más cuidados que el humo de las risas y la noche.

El otro día la casa de mi amiga Paloma se vistió de fiesta y a su cielo artificial le nació una cosecha de margaritas desafiantes; grandes flores de cartulina que coronaron un mar heterogéneo de cabezas dispuestas a afrontar con estoicismo que el verano está ya casi a la vuelta.
Publicar un comentario