miércoles, 22 de enero de 2014

ADIOS, QUERIDO MANU. El día que Manu Leguineche llamó "colega" a una becaria y la hizo feliz

Hoy ha muerto Manuel Leguineche. Tenía 72 años pero llevaba varios muy enfermo, apagándose poco a poco en su querida casa de Brihuega, en el corazón de La Alcarria. Nada más conocerse la noticia –no por esperada menos triste– todos los medios de comunicación se han hecho eco de ella, y es natural porque, como todos destacan, además de reportero de guerra y periodista de raza, fue un maestro del periodismo literario. Pero, por encima de todos los merecidos elogios a su oficio y su personalidad, sobresalía un rasgo de su carácter que muchos coinciden en recordar: Manu Leguineche era, ante todo, una buena persona, un hombre solidario, cercano y querido por todos aquellos que tuvieron la suerte de conocerle y de tratar con él.

En Guadalajara, su provincia de adopción desde hace décadas, mucha gente se precia de haber escuchado de sus labios una palabra afectuosa y no son pocos los que pueden decir que se contaban entre sus amigos.

Pero mi encuentro con él tuvo lugar mucho antes de que pudiera siquiera imaginar que yo también acabaría viviendo en esta provincia a la que ahora quiero tanto, cuando todavía me encantaba el periodismo y no había apostatado de la profesión.

Le conocí en 2001, recién salida de la Facultad de Ciencias de la Información, mientras hacía unas prácticas en la sección de Cultura del diario El Mundo. A principios de julio, en aquel verano caluroso y seco que acabaría desembocando en el fatídico e histórico 11S, Manu decidió presentar su libro “Recordad Peral Harbor” con una rueda de prensa y una comida en Torija (Guadalajara) y en la redacción me encomendaron a mí la tarea de cubrir el evento. Ni que decir tiene que me apetecía mucho: pasar un día de excursión con otros periodistas, conocer al escritor y tener casi una página entera para poder contarlo en una crónica firmada era fantástico.

Al llegar al pueblo, cuyo castillo me deslumbró, un grupo de jovencitas en bikini y falda hawaiana nos recibieron con divertidos “Aloha” y colgándonos del cuello collares de flores de tela. Manu quería hacer de aquella presentación toda una fiesta y dispuso cada detalle (imagino que apoyado por la editorial del libro y por el Ayuntamiento) para que así fuera.

Después de la rueda de prensa y la presentación oficial del libro, me acerqué a él y le pedí permiso para hacerle unas preguntas aparte, porque quería que mi crónica tuviera su voz propia, y porque me ilusionaba la posibilidad de entrevistar directamente a Leguineche. Aquella conversación fue deliciosa. A pesar de mi juventud y de toda su experiencia, me tomó absolutamente en serio, respondiendo con tranquilidad, sin prisa, a cada una de las cuestiones que le planteaba sobre el libro, el periodismo y… bueno, ahora no puedo recordarlo todo, solo la sensación de comodidad que me transmitió. En un momento dado, cuando consideró que ya había contestado a todo lo necesario para mi crónica y más, Manu cambió el sentido de la charla, se interesó por mí como periodista, por la situación de los jóvenes recién licenciados, por qué me había parecido la carrera y qué me estaba pareciendo la experiencia en el terreno de juego real. Después me dijo “suerte, compañera” y me estrechó la mano.

Algunos días después ocurrió algo inesperado que me llenó de alegría. En la redacción de Cultura apareció un sobre dirigido a la “Sra. Gracia Iglesias (becaria)” y remitido por Manuel Leguineche. Al parecer la carta llevaba algunos días dando vueltas por el periódico, porque los encargados del correo, como es lógico, no me conocían y no sabían a qué sección llevarlo. Hasta que a alguien se le iluminó la bombilla y tuvo la brillante idea de hacerlo llegar al departamento de personal, en donde, efectivamente, sí supieron dar conmigo.




El corazón se me aceleró al recibir aquel sobre. Los otros becarios se morían de envidia. Dentro había un sencillo tarjetón con el membrete del veterano periodista trazado por una letra casi indescifrable en el que, tras arduos esfuerzos y con ayuda de los presentes pude escudriñar:

“Querida amiga y compañera (colega). Gracias por la estupenda crónica que has dedicado a la presentación de mi libro. Está muy bien medida, fiel a lo que dije e informativa. Gracias por ello y un cordial saludo. Manu.”

Aún me emociona pensar que el reportero curtido en mil batallas, periodista veterano, reputado escritor que en aquellos momentos, con su último libro aún caliente, estaba en primer plano de la atención cultural, al leer mis modestas palabras tuviera el impulso de escribirme. Imaginar que, después de cerrar el periódico, quizá con una sonrisa al recordando nuestra agradable charla a la sombra de un árbol, tomara uno de sus tarjetones y garabateara rápidamente una nota a la becaria que le entrevistó para darle las gracias, para elogiar su trabajo y, sobre todo, para animarla a que siguiera adelante, llamándola, generosamente, “amiga, compañera, colega”. 

Querido Manu, nunca volvimos a vernos, pero desde aquel día formas parte de mi historia, de la pequeña historia de mi vida. Gracias, maestro, compañero, amigo. Descansa en paz.

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