viernes, 18 de octubre de 2013

Videoarte con conciencia de género


Una mujer sube por una empinada escalera. La escena es en blanco y negro, pero el contexto es contemporáneo; así lo demuestra la arquitectura, y también el aspecto de la mujer que viste un traje clásico de chaqueta y falda, medias claras y zapatos oscuros de medio tacón, porta un bolso grande con aspecto de ser casi una cartera y lleva el pelo suelto en melena. Lo más significativo es que no enseña su rostro, lleva puesta una máscara: no muestra sentimientos, la edad no existe para ella, no puede permitirse envejecer, enfurecerse, ser débil. No puede, porque unos pasos por detrás de ella avanza un hombre, su atuendo mucho más informal: camisa blanca, pantalón negro y zapatos oscuros, no lleva chaqueta ni corbata, ni siquiera cartera o maletín, pero sí un lazo, una terrible soga anudada que lanza hacia la mujer, deteniéndola y atrayéndola hacia atrás, como haría un cowboy para llevar al redil a una vaca descarriada. Mientras la mujer se recompone y recupera el ritmo él ha avanzado y se ha puesto por delante. Un personaje secundario aparece, es otra mujer vestida de negro que baja las escaleras con la cabeza gacha y se cruza fugazmente con los protagonistas de la escena principal, pero me cuesta creer que nada sea secundario en este vídeo; todo tiene un significado. La protagonista, sin desalentarse, reemprende la subida y da alcance a su oponente dejándolo atrás, más este vuelve a enlazarla, a ponerle la zancadilla. La escena se repite varias veces hasta que ambos, él cómodamente, ella haciendo el doble de esfuerzo por llegar a la meta, alcanzan la cumbre de la escalera. En ese momento el hombre, en un último empujón vuelve a lanzar hacia atrás a su rival y, con paso firme, llega hasta las puertas de un edificio; puertas de cristal que franquea sin problema alguno. Unos segundos después llega ella, ha tenido que recuperarse del último embate, liberarse de la soga y recomponer su aspecto, pero lo ha logrado, por fin está en la cima, a punto de entrar a ese selecto espacio rotulado como “Corporativo diamante”, pero no lo consigue, no puede entrar; por más que lucha contra las puertas de cristal, estas le cierran el paso, le bloquean la entrada, la dejan fuera de juego, fuera de todo. En un ataque de ira la mujer lanza su cartera hacia el cristal que se hace añicos, llenándolo todo con la luz blanca de una poderosa onda expansiva. El vídeo termina.

Esta potente metáfora visual, obra de la artista mexicana Teresa Serrano, lleva por título Glass Ceiling (techo de cristal) y es una de las 28 piezas de videoarte firmado por mujeres que pudieron verse en Madrid esta semana en la muestra Feminis-Arte. Audiovisuales y género, organizada por la Fundación Autor y comisariada por Margarita Aizpuru. Se trata de una elegante forma de meter el dedo en la llaga, de apuntar a una estructura social y empresarial culpable de que más del 90% de los directivos de empresas públicas y privadas hoy en día en todo el mundo sean hombres, en contraste con el elevado porcentaje de mujeres que, al menos en occidente, llena las aulas de las universidades alcanzando titulaciones superiores, títulos de postgrado y cualificaciones que, en término medio, destacan por encima de las de sus colegas varones.

De eso, de plantear una mirada de género no necesariamente feminista pero sí femenina, trataba la muestra en la que los asistentes pudimos disfrutar la obra de 22 autoras de variada procedencia (España, Suecia, Suiza, Guatemala, Brasil, Uruguay, Chile, México, Costa Rica y Cuba). ¿Dónde está la diferencia entre feminismo y mirada de género? Pues en que el primero siempre parte del segundo, pero no necesariamente a la inversa, es decir, la mirada de género consiste en ver la realidad desde la conciencia de ser mujer o de ser hombre, asistiendo a las diferencias biológicas que existen entre ambos géneros, pero también a la diferenciación impuesta por la sociedad y la cultura. La reivindicación feminista parte de la mirada de género femenina pero esta no tiene por qué ser siempre reivindicativa, como explica muy bien la comisaria de la muestra en una entrevista que le realizó la Revista Claves de Arte en el año 2009.

“Hoy hay mucha confusión terminológica, pues hay gente que entiende que posicionarte desde el género en arte es lo mismo que posicionarte desde un discurso feminista. El género es parte de lo femenino y lo masculino, es decir, tener en cuenta el género en el análisis, tener en cuenta que existe una posición masculina o femenina u otro género, un tercer género, una acumulación o un mestizaje de géneros, que existe en tus análisis o en tus trabajos artísticos” .

(*) El vídeo aquí enlazado documenta
la performance "Diluidas en agua" que
se realizó en Zaragoza. La proyección
de Feminis-Arti documentaba,
con un montaje diferente,
la misma acción realizada en
Salamanca. Sin embargo ambas son
la misma obra.
Volviendo a Feminis-Arte, como es natural, en las más de dos horas que duró la proyección hubo piezas que me llegaron mucho más profundamente que otras. Así por ejemplo, del primero de los bloques en los que por motivos temáticos se agrupaban los vídeos, titulado Cuerpo, poder y violencia de género, destaco sin lugar a dudas el elegante trabajo Diluidas en agua(*) de la brasileña Beth Moyses quien, como de costumbre, nos pone delante de un ritual purificador en el que lo femenino salva a lo femino, las mujeres limpian la sangre de las mujeres y con el agua se diluye el pasado iluminando la esperanza de un futuro mejor. La sutileza y carga poética de esta obra contrastaban con la brutalidad de la performance Confesión de Regina José Galindo que abrió el bloque. La guatemalteca, en la línea habitual de su trabajo –el cual, dicho sea de paso, admiro y respeto– muestra en este vídeo más de dos minutos de violencia en estado puro. Sin embargo debo decir que el efecto logrado no me resultó tan interesante como en otras obras suyas y, pese a que los roles de maltratado y víctima corresponden en la performance a un hombre fuerte y a una mujer pequeña (ella misma), en mi opinión esta obra se encuadraría mejor en el discurso político de la artista que dentro de sus trabajos con visión de género, y así lo demuestra incluso el título.

Tras la pieza La Liberté Raisonnée de Cristina Lucas, la violencia y el maltrato daban paso a la parodia en el bloque titulado Clichés identitarios, deconstrucciones y parodias, que he de decir que es el que más flojo me pareció, a excepción de Perdón de la sueca Anna Jonsson, un vídeo que más allá de su superficie cómica resulta perturbador y contiene una ácida crítica a la sumisión impuesta. Las artistas españolas María Cañas, Yolanda Domínguez e Isabel García Martínez completaban el catálogo de esta subsección.


Agrupadas bajo el paraguas de Visiones sobre el amor y la vida, las obras de Priscilla Monge, Carmen F. Sigler, Patricia Betancur y Cecilia Barriga mostraban un tono marcadamente metafórico. De este grupo destacaría, para mal, el vídeo Cómo morir de amor de la primera de las mencionadas, la única de las 28 obras proyectadas que no me gustó absolutamente nada ni en fondo ni en forma; casi cinco minutos de desagradable morreo de una chica –de la cual sólo vemos los labios y la lengua, apenas la nariz aplastada y de vez en cuando un ojo– contra un cristal que se va manchando con el carmín de sus labios, idilio que acaba cuando la protagonista toma un arma y se dispara en la boca provocando un vómito inmediato de evidente sangre artificial para, después de un fundido, levantarse y marcarse como si nada. El supuesto mensaje simbólico, demasiado pobre, queda torpemente empañado por una pésima gestión del tiempo de la obra, lo cual es un error fundamental en materia audiovisual donde el ritmo interior es uno de los elementos clave de la narración ya sea esta documental, ficcionada o poética. Si le sumamos la mala iluminación que parecía ser fruto de deficiencias técnicas más que de un uso verdaderamente intencionado de la escasez de luz con fines dramáticos, la mala calidad del vídeo y la burda resolución de la acción, el resultado es que la obra no está a la altura de la selección.

Por fortuna Cecilia Barriga volvía a subir el listón con el pequeño documental Im Fluss (del que se puede ver un fragmento aquí) que, en oposición a todos los errores que he señalado antes, parte de una idea clara ejecutada de forma técnicamente impecable  y con un ritmo perfecto que fluye como las aguas de ese río del título, eterna metáfora de la vida, convertido aquí en escenario principal y sustancia donde navegan las confidencias de dos mujeres de edad, amigas y amantes, que reflexionan sobre la vida, la pareja, el paso del tiempo, la vejez y la soledad. Todo ello envuelto en un tono de intimidad que logra el difícil objetivo de hacer un discurso universal a partir de la sencillez que emana de lo particular y a veces lo anecdótico.

Con el río de la artista chilena, aproximadamente a la mitad del metraje total la proyección llegaba a su cénit en el bloque que personalmente encontré más interesante, titulado Working Women, que incluía las piezas Vengarnos del cansancio, vengarnos del mal sueño del colectivo Mujeres Creando de Bolivia, Working Girl de la suiza Corine Stuebi, Ellas, filipinas de Marisa González y la ya descrita Glass Ceiling de Teresa Serrano. La mujer en el campo, la mujer en la ciudad, la mujer víctima de las exigencias sociales, de la emigración y del machismo. Cada uno de los vídeos de este bloque muestra distintas realidades desde perspectivas diferentes.

A la hermosa combinación de poesía y documental que, tomando la falta de sueño como motivo, refleja la dura realidad de la vida de la mujer trabajadora boliviana, le seguía el videoclip de estética futurista de la artista suiza en el que la protagonista es la mujer urbana desempeñando los papeles que la sociedad espera de ella. Después Marisa González, la artista más veterana y de trayectoria más consolidada de entre las 22 seleccionadas para esta muestra, ponía ante nuestros ojos en “Ellas, filipinas” la cara más humana de un fenómeno de emigración masiva puramente femenino; el de las más de 150.000 mujeres de nacionalidad filipina que a causa de la crisis económica en su país se han visto obligadas a dejar atrás su casa y sus familias para ir a trabajar como empleadas domésticas en Hong Kong bajo condiciones muy duras. El grupo se cerraba con el simbólico “Techo de cristal” con el que yo abrí este texto.

Cambiando de temática, pero sin bajar el nivel, Florencia P. Marano y Estíbaliz Sadaba –ambas españolas– abrían una reflexión sobre las Identidades Múltiples con los vídeos Test de la vida real y Soy un hombre, respectivamente. En el primero (que es una pieza de 10 minutos extraída y condensada a partir de este documental más amplio) P. Marano  nos plantea, desde las reflexiones en primera persona de un queer, las alternativas al dualismo de género predominante en nuestra sociedad, con un discurso sin artificios, aparentemente sencillo pero de una intensa profundidad filosófica; un relato de esos que te dejan semillas en la cabeza para seguir pensando después de los títulos de crédito. Pero no había tiempo para pararse a pensar en la Sala Berlanga, había que dejar la reflexión para otro momento –para hoy, por ejemplo– porque inmediatamente después Sadaba nos golpeaba con el patrón masculino del idioma castellano en el que la humanidad es “el hombre”  y reclamaba para la mujer su lugar en la historia y en el mundo. Tres perturbadoras mutaciones creadas infográficamente por Marina Núñez remataban la serie.


Mujeres a cielo abierto: caminos y vidas propias, es el nombre que la comisaria de la muestra eligió para una especie de cajón de sastre en el que contener cinco audiovisuales –o más bien tres más uno doble, pues los dos finales forman un continuo– que poco tienen en común salvo quizá una marcada intencionalidad simbólica. De este apartado me quedo con No pisar el césped de Carmela García, un vídeo de apariencia documental compuesto de tres piezas precedidas por una introducción en la que una voz en off recita el poema Es una gran suerte, de  Wislawa Szymborska, uno de cuyos versos da nombre al conjunto. Aunque a primera vista parece que no existe ninguna relación entre los relatos en primera persona de las tres mujeres a las que sigue la cámara de Carmela García, la clave está en las palabras de Szymborska, en la importancia del tiempo y de lo efímero, del detalle y la anécdota: “esta ambivalencia que es estar o ser, un ser permanente y un ser momentáneo”, reflexiona la joven francesa de la primera escena. “Cuando cambias de sitio y nadie te conoce, nadie sabe tu historia… eres la que eres en ese momento”, afirma la cosmopolita estudiante del segundo relato. “Las ciudades, los mapas, los lugares somos nosotros. Yo soy el lugar”, concluye la última de las mujeres que, con estas palabras, pone punto final al vídeo.

El cuerpo propio, el bello cuerpo femenino en comunicación con su entorno es el leitmotiv del trabajo de Mapi Rivera, que en este caso nos mostraba a la mujer, generadora de vida, integrándose en la matriz original del barro primigenio en su videoperformance El agua y la tierra originales. Los trabajos de Macarena N. Cáceres y Glenda León cerraban la intensa proyección cuya alta calidad y notable interés no sólo artístico, sino también social y filosófico no fueron correspondidos por la cantidad de público en la sala, apenas una docena de personas en la sesión a la que yo asistí, si bien hay que decir que era la última de cuatro pases repartidos en dos días y que comenzaba a las nueve de la noche, algo tarde para un miércoles laborable. Quizá habría sido mejor hacer un solo pase durante cuatro días que dos pases diarios durante dos jornadas. Sin embargo no estoy muy segura de si esa medida habría contribuido a que estas jornadas de videocreación tuvieran un mayor alcance, ya que su repercusión mediática ha sido lamentablemente nula. Parece que hay cosas que todavía va a costar mucho cambiar y la presentación de cualquier panfleto autobiográfico firmado por una figura del deporte (negro mediante), por poner un ejemplo, tiene muchísima más cabida en los medios que el arte contemporáneo y más, muchísima más, que el arte contemporáneo con conciencia de género. Menos mal que a mí me lo contó una amiga y tuve la ocasión de no perdérmelo. 
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