viernes, 6 de noviembre de 2009

Marina Abramovic

Aún me tiemblan las manos cuando pienso en ello, aún se me emocionan los ojos y siento un nudo en la garganta y un lazo en los nudillos que paraliza mis dedos, inválidos a la hora de describir con eficacia lo que sentí ayer en torno a las ocho de la tarde cuando, a la entrada de la galería La Fábrica de Madrid, mis pupilas dilatadas por la oscuridad de la noche y por las gotas que la oculista había vertido en ellas esa mañana, acertaron a posarse sobre la figura real, en carne y hueso, viva y cercana, de la artista a la que más admiro desde que, hace ya algunos años, me asomé por primera vez al apasionante mundo del performance art y, junto al trabajo de otras históricas como VALIE EXPORT o Laurie Anderson, descubrí fascinada lo que ella, Marina Abramovic, había hecho en los años 70 y continuaba haciendo con la herramienta básica de su propio cuerpo sometido a todo tipo de pruebas bajo los lenguajes de la performance, la fotografía y el videoarte.

Recuerdo claramente la primera imagen que vi de una de sus acciones. La performance se titulaba "Rest Energy" y en ella Abramovic y su pareja artística y sentimental, el artista alemán Ulay (abreviatura de Frank Uwe Laysiepen), se mantenían unidos y separados al mismo tiempo por un arco en tensión, cuya flecha apuntaba al corazón de Marina. La foto era de los años 80 y aparecía en un libro de arte que fue algo así como mi "biblia" cuando estudiaba en el instituto. Desde el instante en que mis ávidos ojos de adolescente contemplaron aquella fotografía, el trabajo de esta mujer, que tiene la edad aproximada de mi madre (nació en Belgrado en 1946) y que se autodenomina la "abuela de la performance", me atrapó y no he dejado de interesarme por su arte que es como decir por su existencia, porque uno y otra están indisolublemente ligados. Libros, vídeos, exposiciones... la han convertido en un referente tan importante para mí que su nombre me produce al mismo tiempo sensaciones contradictorias: por una parte la cercanía que cualquiera puede sentir hacia esa "amiga de toda la vida" que no nos guarda secretos (aunque en realidad Abramovic tiene aún demasiados para mí), y por otra la distancia mitificadora de lo intangible, que la ha alzado a la categoría de heroína clásica, de ser inalcanzable y de modelo que nadie ha conseguido imitar, pese a que son muchas las artistas que lo han intentado.

Por eso, porque no puedo dejar de contemplar con admiración cada nuevo trabajo que produce, porque Marina Abramovic es arte en sí misma y para una modesta escritora como yo, que de vez en cuando hace sus pinitos conceptuales, estar ante sus fotografías y sus vídeos produce el mismo efecto que causa en cualquier pintor aficionado la contemplación de la Capilla Sixtina, no podía dejar de ver la exposición que La Fábrica inauguró ayer, en la que se muestran nueve fotos de gran tamaño y un vídeo de su última serie de performances titulada "The Kitchen. Homage to Saint Therese" (La cocina. Homenaje a Santa Teresa), que se basa en los éxtasis de Santa Teresa de Ávila y que produjo en el Teatro de La Laboral de Gijón.

Quería ver la exposición y no podía permitir que los compromisos y quehaceres cotidianos me alejaran de mi objetivo poniendo en riesgo la experiencia, como ya me ocurrió con la fabulosa exhibición de fotografías inéditas de Francesca Woodman (también montada en La Fábrica y, curiosamente, justo anterior a la de Abramovic) que vi en sus postrimerías, justo antes de que la quitaran. No podía dejar que eso volviera a ocurrirme, así que decidí asistir a la inauguración y garantizarme con ello la posibilidad de volver en otro momento. Lo que no esperaba (aunque lo deseara, aunque lo soñara, aunque lo imaginara), es que Marina estuviera allí, en su automaltratada carne y sus artísticos huesos, en su balcánica sobriedad, su belleza sin edad y su celebridad internacional.

Si ella es el centro de su arte, resulta maravilloso que ELLA fuera lo primero que vi de la exposición. No habíamos cruzado aún el umbral de la galería cuando distinguí su rostro relajado a escasos centímetros de donde yo me hallaba. Iba vestida de negro y charlaba distendidamente con un hombre, fuera de la sala, quizá tomándose un respiro de la inauguración, de atender a la prensa y los compromisos, de explicar sus fotografías y, en otras palabras, de hacer el papel de "estrella invitada".

Charlaba, como digo, tranquilamente y giró su cara para mirarme cuando yo -que aunque intente evitarlo soy sumamente expresiva- grité: "¡Marina Abramovic! ¡No me lo puedo creer!"

Nunca he sido una fanática en el sentido desquiciado de la palabra. Nunca he experimentado el delirio de los que acuden a un concierto de su ídolo y se les escapan las lágrimas al verlo cara a cara y jamás he ido a rodear la alfombra roja en un preestreno para sentirme cerca de las estrellas del cine. Me he codeado con artistas, actores y actrices, cantantes, políticos de todo pelaje y celebridades de todo tipo sin que me temblaran la voz y el pulso. Incluso he conversado y me he fotografiado con actores a los que admiro y que me gustan más allá del plano interpretativo, sin que eso me haya hecho perder el sueño. Pero con Marina no sé qué me pasó. Protagonicé la primera escena de delirio fan de mi vida. Me temblaron las piernas y las manos, no podía dejar de decirle lo importante que era para mí y cuánto me gustaba su trabajo. Ella con esa voz maravillosa que yo conocía de vídeos como "How we in the Balcans kill the rats", me agradeció los elogios y se ofreció a hacerse una foto conmigo. Luego fueron dos, porque la primera (que pongo más abajo) no le gustó demasiado, no tanto porque se le cerró un ojo, sino porque no era "seria". A mí, sin embargo, me gusta esa foto porque estamos delante de una de las imágenes más emblemáticas de la exposición y porque, por un juego de multiplicación, yo estoy rodeada de Abramovic, que levita a mi espalda y me sonríe mientras yo la miro embelesada. En esta otra imagen, con la pared blanca de fondo (porque ella lo quiso así), su gesto es indiscutiblemente "suyo", valga la redundancia, y el mío es el de alguien que no se puede creer lo que está pasando.


La cara de tonta que tengo en esta foto es fruto de la emoción. El copyright the todas las fotos que aparecen en este artículo, salvo estas "domésticas" hechas con mi cámara, es de Marina Abramovic.


Aquí dejo el vídeo de una pequeña entrevista que le hicieron en TVE a propósito de esta exposición, y también los vídeos de dos acciones que me parecen una interesante muestra de su trabajo, para quien no lo conozca ya.

La artista Marina Abramovic en La Tarde en 24 Horas
















Más información sobre Marina Abramovic:
Performanceología
ABC.es
Seven Easy Pieces

ACTUALIZACIÓN 14 DE NOVIEMBRE 2009: He encontrado en internet un vídeo muy bueno que contiene imágenes de algunas de las performances más importantes de Marina Abramovic. El único problema es que está en italiano porque la autora de esta compilación es italiana, pero se entiende muy bien. Aquí os lo dejo.

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