martes, 24 de noviembre de 2009

La intensidad de mirar a los ojos (Nezaket Ekici en Matadero de Madrid)

No lo tenía fácil la artista turco alemana Nezaket Ekici (Kirsehir, 1970); actuar justo después de una grande (e histórica) de la performance como Esther Ferrer que había dejado perplejo al auditorio era enfrentarse a un listón muy alto, pero lo consiguió usando para ello un despliegue de recursos completamente opuestos a los de la primera. Esto es precisamente lo que me fascina de la performance como arte en toda su extensión: su capacidad de adaptarse a las más diversas ideas con lenguajes bien diferentes y desde presupuestos distintos, logrando un potente efecto, siempre que la cosa esté bien hecha, claro.

Lo único que compartían la acción de Nezaket Ekici y la de Esther Ferrer es que ninguna de las dos podía ser apreciada adecuadamente desde la superficie. En ambas era necesario profundizar, zambullirse de pleno, dejarse empapar por el reto lanzado por la artista, más explícito en el caso de Ekici. Por lo demás, frente a la voz y la acción de la veterana, la joven oponía un estoico estatismo; contra las palabras ininteligibles pero llenas de sentido de la española, la turca ofrecía un tenso silencio palpitante; ante la sobriedad de recursos de la primera, la segunda hacía alarde de su tiempo valiéndose del vídeo y el sonido de alta definición; y, lo que es más importante, cada una por su lado hizo una perfecta demostración de las posibilidades del uso del tiempo en la performance, empleando respectivamente la comprensión y la dilatación en un pulso al público que se resuelve en distintos territorios.

Autoproclamada discípula de Marina Abramovic es natural que Nezaket Ekici tienda a desarrollar performances con una elevada carga emotiva, poniendo su propio cuerpo en el centro de la acción y haciendo recaer la mayor parte del peso de sus obras en un componente físico-sensitivo que no siempre es fácil de percibir y que requiere una intervención activa del público sin la cual el hecho artístico queda incompleto o desaparece. No se trata sólo de la necesidad de que las personas convocadas a la performance tomen parte activa en ella (como era el caso de la propuesta "Eye for eye" que Ekici llevó a Matadero de Madrid dentro del festival Acción!MAD'09), sino de que el público conecte con la artista y acepte el reto de hacer suyos el pulso, la respiración, el cansancio, el dolor, la tensión... en una palabra, la intensidad de la performance.

Dos focos se cruzan en diagonal formando un aspa con el ángulo de mirada de dos cámaras de vídeo enfrentadas. En el centro de esta confluencia, sobre una mínima tarima de cartón ligeramente elevada se encuentra una mujer vestida de blanco, va descalza y está sentada en una silla blanca frente a la cual hay otra silla idéntica vacía. La mujer permanece pétrea, hierática durante la tediosa introducción del presentador. Mientras tanto, lejos del escenario principal, casi a la entrada de la sala en la que va está teniendo lugar el comienzo de la acción, una gran pantalla reproduce por sus dos caras la mirada de la artista: sólo sus ojos, sus pupilas girando en los iris de miel, pero el público tarda en darse cuenta, concentrado como está en la estática figura, esperando la acción. Pero en esta performance no hay acción, sólo miradas. Una mirada intensa, un duelo que sólo acabará cuando no haya oponentes. El presentador lanza el desafío: ¿alguien quiere sentarse en la silla vacía? Una mujer es la primera en recoger el guante. Tras ella serán muchas las féminas y muy pocos varones dispuestos a enfrentar sus retinas con las de la artista. No hay más, tan sólo eso: miradas que se enfrentan.

Los primeros en caer son aquellos que no entienden el reto, los que esperan acción desenfrenada, los que quieren ver sangre o gritos o desnudos o discursos heroicos o reivindicaciones, los que esperan una revelación. Se marchan a los pocos minutos de comenzar la acción, mientras Ekici profundiza en los ojos de una nueva oponente. Casi sin parpadear, dejando que el aire le reseque las córneas y aguantando. Latidos, silencio, luz que es cada vez más cegadora. Los que nos quedamos nos acomodamos a sabiendas de que la cosa va a ser larga. Durará lo que tenga que durar. Durará lo que nosotros queramos. Mientras haya rivales seguirá el duelo.

Y los rivales no dejan de aparecer. Forman cola movidos quién sabe por qué razón. Quizá desean llegar al centro del latido o no resisten la tentación de sentir el tacto de la silenciosa artista que, pasados un número indeterminado de minutos, da por finalizada la lucha y, con un abrazo, despide a su contraria dando paso a una nueva pupila que se reflejará en el juego de espejos de las pantallas, mientras el tiempo pasa y las córneas sin sustituto gritan y algunos de los que estamos sentados o de pie entre las sombras contenemos los párpados para no dejarlos caer hasta que ella lo haga; escuece.


No sé cuándo acabó. No sé siquiera si todavía no ha acabado, si la performance sigue a espaldas del mundo en un ojo por ojo interminable. Me tuve que marchar antes de que la cola de contrincantes llegase a su final. No me senté en la silla, estuve entre las sombras, pero fue suficiente.
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