lunes, 13 de octubre de 2008

Belén y Alexandre (una boda en portuñol)

No faltó de nada: ni las emocionadas lágrimas de la madrina durante la ceremonia –y de buena parte de los allí presentes, incluida esta Domadora, debo confesarlo–, ni la espada para cortar la tarta nupcial, ni el baile con los pies ya prácticamente al borde de la amputación y las corbatas empapadas en sudor. La boda de mi amiga Belén con Alexandre –que hasta el pasado sábado era para todos su novio portugués– tuvo, como manda la tradición, su sacramento, su banquete y su fiesta, pero no, no fue una boda como otra cualquiera.

Para empezar, la que se encaminaba hacia el altar vestida de blanco era mi amiga de la facultad, mi compañera de excursiones y mi anfitriona en Bruselas, el lugar donde, por otra parte, comenzó todo. Porque en realidad, aunque el amor entre Alexandre y Belén nació en Lisboa algunos años después, sus caminos empezaron a converger en algún punto de 1998 ó 99 (si no recuerdo mal), cuando Belén decidió ir a estudiar a la capital de Bélgica con una beca Erasmus sin saber que aquel viaje iba a alejarla de Madrid y de Segovia –donde están su corazón y sus raíces– y acercarla al mundo que deseaba recibirla con los brazos abiertos. Y es que volver a casa de papá y mamá después de haber probado las alas de la vida es muy difícil, por más que los ames con todas tus fuerzas, tal y como le ocurría a Belén un año más tarde cuando acabó la carrera. Para entonces el azar ya había encaminado sus pasos hacia Portugal donde, a partir de ahora, estará su hogar. Aunque, dado su espíritu viajero, no me atrevería yo a decir que para siempre. Lo que sí espero que sea para siempre es su unión con el único chico que ha sabido entender de verdad su alma de pájaro. He de reconocer sinceramente que no sé mucho de Alexandre, pero le he visto mirar a mi amiga y también he visto la chispa que se encendía en los ojos de ella al abrazarle. Por eso creo que serán muy felices.

Pero decía yo que el del sábado no fue un enlace corriente, y no lo decía sólo por la amistad que me une con la novia, sino porque quienes asistimos a la ceremonia que tuvo lugar en Segovia –mientras fuera de la iglesia llovía a mares– fuimos testigos de un acto público de amor y de generosidad, que nada tuvo que ver con la mera rutina canónica o con el trámite que muchos consideran todavía un preámbulo obligatorio al banquete y posterior jolgorio (absurda manera de entenderlo). Entrelazando el portugués y el español a lo largo de toda la celebración, Belén, Alexandre, los testigos y el sacerdote hicieron de aquel momento una verdadera fiesta que incluyó una homilía de la novia agradeciendo a su familia y amigos todo el amor y el cariño que le han regalado a lo largo de los años, y otras palabras de Blanca, la hermana mayor de Belén, que le deseo públicamente el mejor de los futuros. La música y los actos simbólicos acabaron de redondear todo el acto.

Después llegaron las fotos, el banquete y el baile, pero eso es otra historia. Y fueron felices y comieron... cochinillo, que para eso estábamos en Segovia.


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